Noviembre
15, 2012
“Fragmentos del Azar” se llama el nuevo libro de
poesía de Alfonso Kijadurías. En una muy buena edición de Contracorriente
Editores mediante su “Colección Revuelta”, salta al tráfico literario este
nuevo libro de poesía del más importante poeta vivo de El Salvador. Un nuevo
libro de Kijadurías es de celebrarlo pues se le espera pacientemente.
Por Alfonso Fajardo
Alfonso Kijadurías quizá sea el único poeta
salvadoreño que genera esa ansiedad por conocer su siguiente material, y es que
no hay otro poeta salvadoreño con la misma calidad poética y con la profundidad
humana que tienen los escritos de Kijadurías. Una calidad poética que la
conocemos desde la publicación de “Los Estados Sobrenaturales y Otros Poemas”,
uno de los mejores libros de poesía que se han publicado en los últimos treinta
años en El Salvador. Calidad que ha sabido mantener en su ya larga trayectoria
literaria con títulos como “Es Cara Musa” (1997), y “La Certeza de la
Duda” (2005), entre otros. En Alfonso Kijadurías se unen dos características
que hacen grande a cualquier poeta: la calidad literaria y la humildad. En un
país donde el simplismo poético campea impunemente dentro de los mundillos
literarios, y donde el tuerto es el rey, es reconfortante saber que tenemos a
un poeta de calidad internacional que, además, posee una humildad que sólo está
al alcance de los grandes.
Llamado “poeta de culto” por algunos, Alfonso ha
sabido trascender en el tiempo gracias a su innegable calidad y su cada vez más
refinada sensibilidad humana. Los “artistas de culto”, por naturaleza, suelen
tener círculos de seguidores totalmente iniciados que saben sobre el arte
y que saben conocer y reconocer la calidad de un artista aún y cuando éste no
goce de las luces de la fama o de los favores de los medios de comunicación y
las relaciones públicas. Sin embargo, a mi manera de ver Alfonso Kijadurías ha
dejado de ser poeta de culto, reconocido por pocos, para convertirse en un
poeta que goza de la aprobación unánime de todos los círculos literarios y
artísticos de El Salvador. Alfonso quizá sea, junto a Rolando Costa, los “poetas
de culto” de las más recientes promociones de poetas de El Salvador. Sus libros
hipnotizantes “Los Estados Sobrenaturales y Otros Poemas” y “Helechos”,
respectivamente, han ejercido una influencia innegable en buena parte de las
voces de las últimas décadas, una circunstancia que indica un total desmarque
de los gustos por una poesía conversacional muy propia de la era de la
emergencia. Sin embargo, más allá de esos libros y de esos poetas, debemos ser
claros en afirmar que la influencia de Roque Dalton permanece gravitando en la
literatura salvadoreña: su calidad literaria ha marcado una ruptura dentro de
la poesía salvadoreña, una ruptura que es al mismo tiempo continuidad, como
todas las rupturas, pero que sirve de base para tratar de superarlo en el transcurso
del tiempo. El heredero inmediato de Dalton es, en definitiva, Alfonso
Kijadurías. Salvando las distancias en cuanto a los estilos y las temáticas,
por supuesto, pues cuando mencionamos herencia debemos entender ésta como una
continuidad de una innegable calidad en el discurso poético, no nos referimos a
aspectos relativos a las temáticas y a las vidas mismas de los poetas, que en
todo caso suelen ser aspectos secundarios, alejados del aspecto cualitativo de
las obras por sí mismas consideradas.
El nuevo libro de Alfonso mantiene la calidad
literaria de pasados títulos, con la única diferencia que ahora los temas de su
poesía van encaminándose a terrenos más oscuros donde la muerte, la
desesperanza, la soledad, el saberse instrumento del tiempo perdido y la
futilidad de muchas de las cosas que componen la vida, son los ejes principales
del discurso poético de “Fragmentos al Azar”, un título que de inmediato me
recordó el libro “Fragmentos a su Imán”, del gran poeta cubano José Lezama
Lima, una de las influencias literarias de Alfonso Kijadurías. Una influencia
que, por cierto, demuestra claramente cuál ha sido la apuesta personal de
Kijadurías: una poesía un tanto hermética que, además, sea ambiciosa en cuanto
a la profundidad del mensaje del poema; una profundidad que únicamente se
obtiene con la edad, pues sólo con ella se logra llegar a una suerte de
equilibro perfecto entre el lenguaje y el mensaje. Un hermetismo que fue más
acentuado en sus primeros libros y que ha dado paso, con el tiempo, a la claridad.
El libro inicia con un poema perfecto: “Que el amor es
la muerte/bien lo sabes,/ porque a solas te lo he dicho/muchas veces./Por eso
no lo digas a nadie,/ no sea que al decirlo/ se cumplan mis palabras”
(Secreto). A esto nos referíamos cuando decíamos que la madurez poética llega
mediante la profundidad humana, y ésta a su vez llega con la edad. Un
poema que, delineado con un lenguaje sencillo, no le falta ni le sobra
nada. Alfonso lo sabe y por eso lo coloca como la tarjeta de presentación de
“Fragmentos del Azar”.
La muerte cruza como pantera negra por sobre todo el
poemario hasta convertirse en obsesión: “¿Dónde será?/¿En la casa aquella vieja
y solariega o en la cantina/donde llegan a liar sus negocios los vendedores de
ganado? ¿Quién sabe?/ Como la seda o el oscuro terciopelo son los pasos de la
muerte” (La Cita).
La desolación y la frustración de no poder doblegar al
tiempo es un tema recurrente en poetas que se lanzan en caída libre al vacío de
sus días, es un tema que si es tratado por un poeta de gran madurez vital y
lingüística, sabe a profecía: “Odio este cielo: su sol negro, su lluvia de
siempre” “Aquí no puedo vivir/Y allá no puedo amar/Sólo la contradicción es
pura” “Y yo no quiero nada. Para mí solo el tiempo. Todo el tiempo” (Obscuro). Una
vez más encuentro paralelismos entre el Ars Poética de Alfonso y el de Lezama.
Para el poeta cubano la contradicción está en la poesía: “De la contradicción
de las contradicciones,/la contradicción de la poesía,/obtener con un poco de
humo la respuesta resistente de la piedra”. Si tomamos en cuenta que la poesía
puede que sea una de las sustancias más puras en el universo, entonces la
contradicción también será pura.
La poesía no se salva de los fuegos fatuos de la
hoguera en este mundo globalizado donde la frivolidad del arte alcanza sus
pináculos más nefastos y donde la poesía parece aún más huérfana que otras
épocas: “Cuando Poe murió y se invitó a todos los intelectuales a sus
funerales, Nadie, excepto Whitman, asistió./ ¿Qué se supone deberíamos pensar
al respecto? Nada. Absolutamente Nada” (Datos para una Elegía).
Este oficio de la escritura es cruel: de lo oscuro se
va a lo transparente; de los artilugios lingüísticos se va a la sencillez; de
la vacuidad de ciertos temas de juventud se llega a las honduras de lo simple.
Alfonso Kijadurías sabe que la perfección del texto y el éxito del poema no
solamente se encuentra en la depuración del lenguaje sino también en saber
sacar las entrañas del sombrero de las ilusiones. Sólo los poetas que son
honestos y sinceros en su discurso calan hondo en el lector. Sólo los poetas
que se desnudan frente a ese lector llegan a ser respetados por cualquier
crítico literario y a trascender de entre la multitud, pues no puede
haber peor destino que construir un buen poema desde el punto de vista
lingüístico, pero que no tenga esa tesitura o “polución humana” que haga
temblar al lector. Alfonso sabe que con el tiempo la palabra pierde sus
vestiduras barrocas para volverse un río de imágenes cristalinas:
“Escribir/para ya no escribir,/ desnudar la palabra/ de su falso oropel;/
volverla a su raíz,/ al hondo, difícil silencio”
Un nuevo libro de Alfonso Kijadurías es de celebrarlo
porque es prácticamente el único poeta que goza del reconocimiento unánime del
mundillo literario salvadoreño. Hoy por hoy, la poesía de Alfonso es la que más
encarna el equilibrio perfecto entre lenguaje, técnica literaria, profundidad
en el mensaje y tesitura humana.
Su libro se presentará este próximo jueves 15 de
noviembre en el Centro Cultural de España.
Tomado del Periódico
Virtual “VOCES”